POLÍTICA MONETARIA - ¿REPETIMOS LA HISTORIA?
España recibió más oro y plata que cualquier otro imperio en la historia, pero el estado terminó en la ruina.
Y fue precisamente y de forma principal debido a ese oro y a la plata.
En el siglo XVI los galeones españoles trajeron grandes cantidades de plata procedente de Potosí y México.
La extracción masiva de metales preciosos marcó profundamente la historia económica española y global durante varios siglos, las cifras a grandes rasgos son las siguientes:
- Plata: fue el auténtico motor económico. Solo entre 1.492 y 1.600 se enviaron más de 17.000 toneladas de plata a través de la Casa de Contratación de Sevilla. Los mayores yacimientos se encontraban en el Virreinato del Perú (Cerro Rico de Potosí, en la actual Bolivia) y en Nueva España (Zacatecas y Guanajuato, en México).
- Oro: los historiadores estiman que durante los siglos XVI a XIX se extrajeron del orden de 500 a 550 toneladas de oro. A menudo el metal era fundido para transportarlo, dejando un fuerte impacto cultural y humano en las civilizaciones precolombinas.
- Destino de los fondos: la mayor parte de esta riqueza (hasta un 80%) jamás llegó a la península, ya que se reinvirtió en el propio continente americano para construir ciudades, universidades, catedrales, hospitales y vías de comunicación. Sin embargo, el quinto real (el impuesto del 20% que la Corona aplicaba a todas las riquezas) que sí arribaba a Europa, se utilizó casi en su totalidad para financiar las continuas guerras de la dinastía Habsburgo en Europa y para pagar deudas con banqueros extranjeros.
La producción mundial de plata pasó de 2,9 millones de onzas anuales en 1.521 a 13,6 millones para 1.600.
Todo ese metal entró primero por Sevilla, que por aquel entonces se convirtió en la ciudad más importante y más grande de España.
Los precios se multiplicaron por cuatro en España y hasta por seis en otras partes de Europa pertenecientes al Imperio.
La industria textil y metalúrgica española colapsó porque los costos internos subieron tanto que ya no podían competir con las importaciones.
Los salarios reales cayeron.
La corona financió guerras interminables hipotecando cargamentos de plata que todavía no habían llegado a la península.
Y cuando los acreedores dejaron de prestar, la monarquía suspendió pagos, varias veces.
España es el país que más veces ha suspendido pagos en su historia, al menos catorce veces desde el siglo XVI, superando a Venezuela, Argentina o Brasil juntas.
Estas crisis de deuda han estado vinculadas históricamente a diferentes conflictos, inestabilidad política y gestión de la deuda externa.
Durante el siglo XVII, Felipe III y IV, rebajaron sin pudor la cantidad de plata del vellón, la moneda del puedo llano, la de uso cotidiano, hecha a partir de una aleación de plata y cobre.
La rebajaron una y otra vez, hasta el punto que se llegó a emitir vellón sin apenas plata, lo que provocó una de las inflaciones más salvajes de la Europa moderna. Es decir, se emitió vellón de cobre puro manteniendo un valor facial artificialmente alto, como si la moneda tuviera plata. Tanto es así que la prima o sobreprecio de plata que se llegó a pagar al cambiar la moneda de cobre (vellón) por la moneda de plata durante el siglo XVII en España, fue un reflejo de la inflación provocada por la continua devaluación de la moneda.
Ya le había pasado antes eso mismo al Imperio romano. Nada nuevo bajo el sol, la historia se repite.
Pérdida del porcentaje del contenido de plata en las monedas emitidas con este metal, a lo largo del Imperio romano.
Sin embargo, esto no pudieron hacerlo con otra moneda, el Real de a Ocho, la moneda de plata que viajaba por medio mundo, ¿por qué se libró de ese mismo destino?
No fue porque los reyes quisieran ser especialmente honestos con el resto del planeta, sino porque no pudieron, el propio mercado internacional se lo impedía.
Pensemos en cómo funcionaba realmente esta moneda fuera de España.
Cuando un galeón llegaba a Manila (desde Nueva España) y esos reales de a ocho pasaban a manos de comerciantes chinos, obviamente no se fiaban del escudo real ni de ningún sello que apareciera grabado. Sacaban su propia balanza, pesaban la moneda, y muchas veces la mordían o la rayaban para comprobar que la plata era de verdad. Incluso a veces las marcaban con las famosas -chop marks-, con pequeños cuños.
Si los reyes hubieran decidido rebajar la ley de esa moneda (proporción o grado de pureza de metal noble que contiene la moneda u objeto en relación con su peso total), no habría hecho falta ningún banco central para descubrirlo, lo habría descubierto el primer mercader de Cantón con una balanza de precisión, al día siguiente. Y en ese instante, esa remesa de monedas habría empezado a circular con descuento, o directamente habría sido rechazada.
Los reales de a ocho circulaban entre imperios que no se debían lealtad ninguna entre sí, ni compartían moneda, idioma, o forma de gobierno, y que por tanto exigían pruebas físicas claras y sólidas en cada transacción.
Esa disciplina externa, esa obligación constante de pasar el examen de cualquier comerciante desconocido en cualquier puerto del mundo, fue justo lo que obligó a la Corona a mantener la plata de este real prácticamente intacta durante siglos.
Pero también existía una segunda razón mucho más crematística. La Corona ganaba con cada onza que salía de Potosí una quinta parte -el quinto del Rey-. Si hubieran empezado a rebajar la ley del real de a ocho, habrían hundido la confianza en la moneda que sostenía todo ese negocio (y su particular comisión).
Confianza, esa es la palabra clave para cualquier moneda. Si existe, su valor aumenta, si decae la confianza, su valor se va por los suelos y su capacidad adquisitiva es nula.
Pero lo que no pudieron hacer fuera de España con el Real de a Ocho, aquí lo hicieron con el vellón.
¿Qué pasaba dentro de casa?
Un estudio reciente de la Universidad de Manchester estima que para 1.750 el PBI per cápita español era un 40% menor de lo que habría sido si España no hubiese recibido ese tesoro americano.
Lee eso de nuevo, sí, el Producto Bruto Interior por cada españolito de la época era un 40% menor de lo que habría sido si España no hubiese recibido ese flujo de metales americanos.
PIB per capita entre 1.500 y 1.850 de España y Inglaterra
Recibir toda esa riqueza hizo a los españoles de entonces más pobres.
El mecanismo es simple.
Increíble, contraintiutivo, pero cierto.
Aumentar la cantidad de dinero en circulación no crea bienes, no crea riqueza. Aumentar el número de monedas y de papelitos de colores con la firma del señor o la señora de turno, no crea riqueza. La riqueza se crea con la producción de bienes y servicios, con el intercambio comercial.
Aumentar la cantidad de dinero solo cambia los precios relativos y redistribuye la riqueza desde los últimos en recibir el dinero hacia los primeros en obtenerla. Los ricos más ricos y los pobres más pobres.
Cuanto mayor es la oferta monetaria, menor es el valor del dinero.
Los que estaban cerca de Sevilla y de la corte se enriquecieron primero.
Pero los campesinos, artesanos y productores del interior de las Castillas, Aragón, La Mancha, Extremadura, etc., pagaron el costo con precios más altos y salarios que nunca alcanzaban. A que te suena.
Esta situación la entendió un religioso navarro en 1.556.
Martín de Azpilcueta, el Doctor Navarrus, catedrático de derecho canónico en Salamanca y Coimbra, lo describió en su obra Commentarius de usuris (Roma, 1556).
Martín se ocupó, entre otros muchos cometidos, de los efectos económicos de la llegada de los metales preciosos de América, advirtiendo sobre las consecuencias inflacionistas de esta masiva importación.
Hizo notar la diferencia existente entre la capacidad adquisitiva del dinero en los distintos países según la abundancia o escasez de metales preciosos que hubiera en ellos. Definió lo que se llamó la teoría del valor-escasez en los siguientes términos: «Toda mercancía se hace más cara cuando su demanda es más fuerte y su oferta escasea».
Observó que en Francia, donde había menos dinero circulando que en España, el pan, el vino, la tela y el trabajo costaban mucho menos.
Concluyó que el nivel de precios responde a la cantidad de dinero en circulación.
Esa es la primera formulación explícita de lo que hoy se llama teoría cuantitativa del dinero.
Doce años después, en 1.568, el intelectual francés Jean Bodin llegó a una conclusión similar sobre la inflación francesa, respondiendo a Monsieur de Malestroit, quien pretendía negar la subida de los precios a largo plazo.
Los manuales de economía le dan el crédito a Bodin. Pero casi nadie menciona a Azpilcueta.
El economista Murray N. Rothbard, principal teórico del anarcocapitalismo, señaló esta omisión. Y Marjorie Grice-Hutchinson, especialista en el pensamiento económico de España y medieval, la documentó en 1.952 en su trabajo sobre la Escuela de Salamanca publicado por Oxford.
Los escolásticos españoles no solo anticiparon la teoría cuantitativa sino también la teoría subjetiva del valor, el análisis de oferta, la demanda aplicada al dinero y la legitimidad del cobro de intereses, al reconocer que el dinero es una mercancía más y, como tal, tiene un valor y hay que pagarlo.
Todo esto un siglo antes de que la economía existiera como disciplina formal.
La profesión económica ignoró esta tradición durante generaciones, siglos.
La teoría económica saltaba de los griegos directo a Adam Smith, como si en el medio no hubiese pasado nada relevante.
Era más cómodo psicológicamente así. Pero pasó.
Reconocer a la Escuela de Salamanca obligaría admitir que los fundamentos de la teoría económica moderna provienen de unos teólogos católicos que pensaban en términos de propiedad, de valor subjetivo, etc.
No en modelos matemáticos ni en ingeniería social.
Lo que Azpilcueta explicó en 1.556 es exactamente lo que los bancos centrales están haciendo hoy en día.
La única diferencia es el mecanismo.
En el siglo XVI eran los galeones llenos de plata que viajaban hacia España o hacia Asia.
Hoy es una pantalla en la Reserva Federal o el Banco Central Europeo que agrega ceros a una cuenta.
El efecto es el mismo. Le ocurrió al Imperio romano y siglos después al Imperio Español.
Los precios suben, los salarios reales caen, la estructura productiva se distorsiona y la riqueza se transfiere desde los que producen hacia los que están cerca de la impresora de billetes. Ya sabéis quienes son.
España tuvo que aprender esa lección perdiendo un imperio.
Casi quinientos años después seguimos repitiendo el mismo error, pero ahora lo llaman política monetaria.
César J. Pollo - 2026 ©
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