LOS INCENDIOS FORESTALES NO VAN A DESAPARECER

Los incendios forestales no van a desaparecer.

Las soluciones simplistas solo sirven para reforzar prejuicios, no para entender el fenómeno.

Hace menos de un siglo la cubierta vegetal de la península era muy distinta a la actual. Había menos árboles, menos matorral y los pastos llegaban mucho más consumidos al verano.

Los incendios no eran un problema importante.

Este paisaje cambió radicalmente con el abandono masivo del campo, y también con la toma de determinadas decisiones, como los planes de reforestación.

Ahora tenemos un territorio cargado de biomasa muy dispuesto a arder.

A lo que se une un clima estacional particularmente propenso a los incendios, con un verano seco y cálido, justo después de estaciones lluviosas que acumulan crecimiento vegetal.

El cambio en el paisaje no es fácilmente reversible, ni creo que la sociedad quisiera revertirlo.

El de hace un siglo era fruto de una economía de subsistencia a la que pocos desearían volver.

Vivir en los pueblos, sin recuperar usos, no cambia mucho las cosas. También hay grandes incendios en comarcas muy pobladas. No es solo en la España Vaciada.

Las zonas más forestadas suelen ser las menos productivas: montañas, climas duros o suelos pobres. Este hecho dificulta la restauración de usos y aprovechamientos.

A esta realidad tan compleja estamos respondiendo con eslóganes fáciles y sumamente reduccionistas, como aquello de que "el monte está sucio" o el conocido "los incendios se apagan en invierno".

Por “limpiar el monte” podría entenderse la gestión forestal consistente en desbroces, cortafuegos, fajas auxiliares, claras, aprovechamientos forestales, etc.

Según algunos discursos, parecería que esas actuaciones nunca se hacen.

Sin embargo, y aunque una buena gestión ayuda, los montes gestionados también se queman.

Es el caso de gran parte de lo que ha ardido en Madrid este pasado mes de julio. También lo es de otros grandes incendios históricos.

La gestión forestal es importante.

Pero no es una varita mágica.

Y no debería equivaler a tratar el territorio como si todo lo que no son troncos y copas fuera “suciedad”.

Una vía que defendemos muchos es construir y mantener paisajes en mosaico, con más espacios abiertos. Además de sus numerosos beneficios ecológicos, estos paisajes dificultan la propagación del fuego.

Pero los mosaicos también arden. El incendio de Zaragoza de este verano afectó a unas 15.000 ha, incluyendo la zona de la imagen del mensaje anterior.

Eso sí: probablemente habría sido más severo y extenso sin mosaico.

Incluso los territorios muy pastoreados arden, aunque lo hacen con muy baja intensidad y se recuperan enseguida.

La ganadería extensiva ayuda muchísimo, pero tampoco suprime los incendios.

Sin igniciones no hay incendios, y es lógico poner atención en ellas y perseguir a quienes provocan incendios. Pero las igniciones tienden a disminuir y muchas son accidentales.

Hay margen de mejora, pero el de los incendios no es un asunto simplemente policial.



De hecho, algunos de los mayores incendios recientes, como los de Zamora en 2022, fueron causados por rayos.

El gran problema no es cuántos incendios hay, sino lo grandes y severos que llegan a ser.

También se habla de la falta de medios. Con mejores recursos responderíamos mejor.

Pero eso exigiría una decisión colectiva: más gasto público, algo, por desgracia, cada vez menos aceptado por los votantes.

A todo esto hay que añadir que, en muchas regiones españolas, la orografía favorece la propagación del fuego y dificulta su extinción. El trágico incendio de Almería, que por cierto, afectó a una superficie muy poca arbolada, es un ejemplo de ello.

Todos estos incendios cuentan con un aliado innegable: el cambio climático.

No es el único factor, pero hace los incendios mucho más intensos, y su importancia irá en aumento.

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El verano que se salió de la campana de Gauss: la estadística del clima antiguo decía que era imposible.

Es una locura lo que estamos viendo este año comparado con años anteriores… 

Anomalías de temperatura (en 850 hPa; 1500 m.) estandarizadas en Europa Occidental (15 may – 15 jul), en desviaciones típicas (σ):

🟢 1951–1980: la vieja normalidad, centrada en 0 🟡 1991–2020: ya desplazada a la derecha 🔴 2026: la distribución ENTERA se ha marchado a +3sigmas, con cola más allá de +6sigmas.

Y lo más fuerte: el panel inferior mide cuánto de cada año supera los +4sigmas, un umbral que en un clima estable tiene una probabilidad de 0,0032% (≈1 entre 30.000, solo por el lado cálido).




Durante 70 años: prácticamente 0. En 2026: ~15%. 

Ya no hablamos de un año más cálido de lo normal. El clima se ha movido a un rango que la vieja estadística decía que no debía ocurrir.

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¿Entonces, qué podemos hacer?

Lo primero es aceptar una verdad quizá incómoda: no existe una solución mágica.

Tenemos que aprender a convivir con el fuego.

Los incendios han formado parte del bioma mediterráneo desde hace miles de años, lo que atestiguan, por ejemplo, las numerosas adaptaciones de la flora. Nuestros ecosistemas y nuestras especies han sido moldeados por el fuego.

Y aunque los grandes incendios actuales causan enormes daños, el fuego también desempeña funciones ecológicas importantes.

Si asumimos que el fuego seguirá existiendo, quizá entendamos que reducir la exposición es prioritario.

Igual que no debemos construir en zonas inundables, deberíamos evitar las urbanizaciones rodeadas de bosque.

No podemos actuar sobre todo el territorio, pero sí priorizar las zonas de mayor riesgo. Los núcleos habitados deberían contar con perímetros de protección bien gestionados.


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Vivir junto al bosque implica convivir con el riesgo de incendio forestal.

Para reducir ese riesgo, es fundamental aplicar medidas de autoprotección alrededor de zonas habitadas.

Existen varias medidas, algunas relacionadas con la reducción de combustible y otras relacionadas con la autoorganización, pero hoy nos centraremos en una de las más importantes.

 



Las Fajas de Protección.

Te explicamos qué son, cómo deben mantenerse y por qué son tan importantes.

¿Qué es una faja de protección? 

Es una superficie de terreno que rodea zonas habitadas situadas en un entorno forestal o en sus proximidades (a menos de 500 metros del bosque), y en la que se ha gestionado la vegetación para reducir la continuidad del combustible vegetal.

Sirve para:

  • Evitar la propagación del fuego hacia la zona habitada en caso de incendio forestal o hacia el bosque en caso de incendio urbano.
  • Reducir la intensidad del incendio y con ello el riesgo asociado cuando el fuego llega al entorno de las viviendas.
  • Facilitar el trabajo de los equipos de extinción.
Su amplitud depende de la normativa establecida en cada comunidad autónoma, pero suele situarse entre los 20 y 30 metros. Sin embargo, cada vez se plantea más la necesidad de adaptar esta distancia al riesgo real de cada urbanización y a las características del entorno.

Debe garantizar la discontinuidad vertical y horizontal de la vegetación para dificultar la propagación del fuego y limitar su intensidad.
 




¿Cómo podemos generar esta discontinuidad?

En la vegetación baja (sotobosque):

• Desbroce selectivo para romper la continuidad del combustible fino entre arbustos.

• Control de especies con alta inflamabilidad por su contenido en aceites esenciales, como el espliego, el romero, las jaras o los brezos.

En el arbolado:  

• Reducción de la densidad arbórea para disminuir la continuidad del combustible.  

• Evitar la continuidad de copas para romper la propagación del fuego en el estrato aéreo.


¿Cuándo es necesario realizar una faja y quién debe hacerlo? 

Es obligatoria en zonas habitadas que estén situadas en un entorno forestal o en sus proximidades (a menos de 500 metros del bosque).

La responsabilidad de hacerla varía según la normativa de cada comunidad autónoma pero en general, en urbanizaciones y núcleos de población suele ser del ayuntamiento, y en viviendas aisladas, de la propiedad.

¿Requieren mantenimiento?

Sí, deben mantenerse de forma periódica para seguir siendo efectivas, revisándolas cada dos años o cuando la cobertura arbustiva alcance el 40–50%. 

Este mantenimiento puede realizarse mediante:

  •  trabajos mecánicos
  •  ganadería extensiva 
  •  usos recreativos del territorio 


Es importante recordar que las fajas de protección ayudan a reducir el riesgo en caso de incendio forestal, pero NO sustituyen la necesidad de una gestión forestal activa.


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Pero terminemos.

Las quemas prescritas son una herramienta valiosa, basada en la propia naturalidad del fuego. Mediante su uso, generamos incendios de diseño, y reducimos biomasa antes de que lo haga un incendio descontrolado.

La herbivoría por ganado doméstico también es una solución basada en la naturaleza. Reduce biomasa y favorece vegetación menos inflamable.

Debería utilizarse mucho más, sobre todo en los entornos de las poblaciones.

Y hay un momento clave sobre el que también falta reflexión: el después del incendio.

En lugar de pensar siempre en reforestar, quizá deberíamos aprovechar para rediseñar el paisaje: favorecer espacios abiertos y mosaicos, y recuperar el pastoreo donde sea viable.

No existen soluciones mágicas y no dejará de haber grandes incendios.

Pero una combinación de educación, prevención, gestión, adaptación, investigación y buenos servicios públicos puede ayudarnos a convivir mejor con el fuego.

Un esfuerzo honesto por comprender los incendios, alejado de simplismos, debería servir para que cada vez menos personas pierdan su vida, su hogar o su modo de vida, y para que quienes trabajan en la extinción tengan que afrontar menos situaciones extremas.
 
Francisco M. Azcarate - 2026 ©
Profesor Titular en el Departamento de Ecología UAM


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