LA HISTORIA IMPIDE A RUSIA RETROCEDER

El presidente de la Federación Rusa no puede en estos momentos detener la guerra contra Ucrania, y no porque no quiera tomarse un descanso para reagrupar a sus tropas y coger nuevo impulso, si no porque literalmente no puede parar.

Y la razón es que el señor Putin conoce bien la historia rusa.

Hagamos un breve repaso de lo sucedido en los dos últimos siglos con las guerras en las que ha participado Rusia/URSS y lo sucedido después.

El regreso de las tropas rusas desde Europa tras la victoria sobre Napoleón llevó al levantamiento antizarista de los decembristas en diciembre de 1.825. Una sublevación por parte de un grupo de oficiales del ejército ruso, la mayoría aristócratas y liberales, que dirigieron a cerca de 3 .000 soldados a tomar la Plaza del Senado Imperial en San Petersburgo. Cuando el alzamiento fracaso, los líderes fueron condenados por crímenes de Estado por el Tribunal Penal Supremo y sentenciados a la «deportación a asentamiento» siendo enviados a Siberia en tren, pero los soldados decembristas, debido a su menor posición social, experimentaron la venganza del emperador en su totalidad, condenados por una corte marcial, muchos de estos «plebeyos» recibieron miles de latigazos y los que sobrevivieron viajaron a pie hasta Siberia, encadenados junto a criminales comunes.

La derrota de Rusia en la guerra ruso-japonesa llevó a la revolución de 1.905. Ese año una ola de agitación política recorrió el Imperio ruso a lo largo de grandes áreas, algunos de los altercados estaban dirigidos contra el gobierno, pero otros simplemente carecían de objeto más allá de ser un reclamo muy puntual a la clase obrera o el campesinado. Se dieron casos de terrorismo, huelgas de trabajadores, disturbios campesinos y motines militares, teniendo todos en común una insatisfacción popular generalizada hacia el régimen del zar Nicolás II. La revolución condujo, aunque con muchas reticencias, al establecimiento de una monarquía constitucional limitada y a la Duma Imperial.

Años más tarde, la desbandada de un millón de soldados rusos del frente ruso-alemán durante la Primera Guerra Mundial tras la Revolución de Febrero de 1.917, llevó a la abdicación de Nicolás II del trono, en esa costumbre tan rusa de organizar revoluciones en invierno, probablemente debido a que como el aforismo ruso señala "detrás de todo ruso hay un campesino" y en invierno las labores agrícolas están más relajadas o bien que durante esta estación, el frío, la miseria y el hambre impulsan a los menos favorecidos a otras actividades más creativas, como organizar revoluciones.

El caso es que tras la paz firmada por Lenin con Alemania después de que los bolcheviques capturarán el poder, fusilaron a toda la familia imperial sin más contemplaciones. Fin del viejo régimen zarista.

Décadas después, solo la posibilidad de dejar a casi todo su ejército en Europa como tropas de ocupación en mayo de 1.945, junto con la masiva ejecución o envío al gulag de los soldados soviéticos que fueron prisioneros de los alemanes, considerados traidores a la patria por el simple hecho de rendirse, ayudó a Stalin a evitar un posible golpe de estado posbélico, en un clima permanente de temor a conspiraciones y purgas en la cúpula del poder soviético.

Con el regreso de más de 500 mil tropas soviéticas de Afganistán en febrero de 1.989, comenzó el colapso de la URSS. Entonces miles de veteranos soviéticos (conocidos popularmente como Afgantsy) se integraron en las filas del crimen organizado ruso, aterrorizando a toda la población de la extinta URSS durante años. Este fenómeno fue masivo durante la tumultuosa década de 1.990, un periodo marcado por el colapso económico, el desmantelamiento del Estado y el auge de las mafias locales. Todo ello sumado al intento de golpe de Estado de agosto de 1.991, con el objetivo de destituir al presidente soviético Mijaíl Gorbachov y frenar las reformas de la perestroika y el nuevo tratado que descentralizaba el poder. Fin de la URSS.

Conociendo todos estos antecedentes, Putin no puede poner fin a la guerra con Ucrania y devolver sus tropas a casa, así de cualquier manera. Sería su fin.

Tampoco olvidara la más reciente rebelión del Grupo Wagner de junio de 2.023, cuando esta entidad militar privada se inmiscuyó en un enfrentamiento armado con las Fuerzas Armadas del Gobierno de la Federación Rusa, a raíz de las tensiones en la retaguardia entre el líder del grupo y el Ministerio de Defensa en el contexto de la invasión rusa de Ucrania.

El líder de este grupo argumento que la rebelión era una represalia por la agresión hacia sus tropas por parte del citado ministerio. Responsabilizando al Ministro de Defensa por los descalabros militares y acusándole de conducir la guerra en provecho de las élites rusas. Las fuerzas de Wagner llegaron a tomar la ciudad de Rostov del Don, con más de 1 millón de habitantes y que alberga una importante instalación militar, e iniciaron un rápido avance con rumbo a Moscú.

 

 

 Pérdidas de Rusia en la guerra de Ucrania, a 13 de agosto de 2026

 

Por todo ello el presidente ruso sueña con tener algo que vender como una supuesta victoria, ocupar Ucrania o al menos una parte de su territorio, del mismo modo que continuar amedrentando a los países bálticos, Finlandia, Polonia, etc., para mantener a sus ejércitos entretenidos lejos de Moscú.

Invadir estos territorios sería una apuesta muy arriesgada para Rusia, que podría provocar una escalada, pero existen varias razones por las que podría asumir ese riesgo.

Los países bálticos son pequeños, poco poblados, con ejércitos muy reducidos, escaso equipo y sin experiencia de combate. Hay algunas tropas de la OTAN en ellos, pero no serán suficientes en el caso de una rápida ofensiva rusa. Rusia atacó Ucrania desde el este, por el sur (Crimea) y por el norte (Bielorrusia), si planea atacar los países bálticos volverá a utilizar Bielorrusia. Será un ataque simultáneo a los tres países o un ataque concentrado en Lituania, el más poblado. Este ataque se lanzaría por el norte a través de Narva directos a Tallin, por el sur desde el óblast de Kaliningrado y desde Bielorrusia, permitiendo cerrar el corredor de Suwalki e impendiendo a la OTAN traer refuerzos por vía terrestre desde Polonia. Después de cerrar su tenaza sobre Lituania, haría lo mismo sobre Letonia y Estonia.

Si Rusia alcanza ese objetivo controlaría el litoral al este del mar Báltico y Kaliningrado ya no estaría separado del resto de Rusia. Este movimiento también debilitaría la posición de Finlandia, una maniobra que pondría a prueba la solidez de la OTAN. 

En caso contrario el señor Putin ya sabe que pasará si un millón y medio de soldados y mercenarios capaces de matar, robar y violar profesionalmente regresan del frente ucraniano a la madre patria.

Esos soldados ya han sido amortizados por el régimen ruso y los que sobrevivan nunca volverán a sus casas y a ejercer sus oficios de igual forma a cómo lo hacían antes de la "operación militar especial".

La guerra con Ucrania permitió a Putin deshacerse de dos millones de sus opositores más activos, a quienes obligó a huir de Rusia, y al resto de los jóvenes rusos los envió al frente (actualmente más de 1,5 millones de bajas) o los reclutó en los servicios policiales y de control de la ciudadanía. 

Hoy, cualquier guerra —con Ucrania, con los bálticos, con la OTAN o con quien sea— es la excusa perfecta para obligar a Rusia y a sus ciudadanos a someterse a su política.

Durante la llamada "revolución conservadora" de la década de los 80, la combinación de políticas de ahorro energético en Occidente, el auge de nuevas producciones fuera de la OPEP y la decisión de Arabia Saudita de inundar el mercado para recuperar su cuota crearon un enorme superávit que desplomó el precio del petróleo de manera espectacular, cayendo desde los 27 dólares (unos 72 € a precio equivalente actual) hasta menos de 10 dólares (unos 27 € a precio equivalente actual) por barril, este petróleo extremadamente barato debilitó de forma letal la economía de la Unión Soviética (que dependía por completo de sus exportaciones de crudo), un factor clave que aceleró el desenlace de la Guerra Fría.

Por otro lado, el suministro de misiles antiaéreos Stinger por parte de la CIA a los muyahidines afganos, iniciado en 1.986 como parte de la Operación Ciclón, es considerado uno de los puntos de inflexión clave de la guerra de Afganistán (1.979-1.989) y un catalizador en la posterior disolución de la Unión Soviética.

Por tanto, si ahora se quiere detener a Rusia y a las ambiciones imperiales, nostálgicas y de apoyo a las acciones bélicas de más de la mitad de la población de este país, va a ser necesario hacer algo parecido, bajar el precio del petróleo (lo que relaciona estrechamente esta guerra en Europa con el enfrentamiento de EE. UU. e Irán en el Golfo Pérsico y el Mar Rojo) y darle a Ucrania las armas y recursos suficientes que le ayuden a resistir al agresor.

El intento de establecer relaciones comerciales de asociación entre Estados Unidos y Rusia, es una estratagema de dilación rusa, una más, para ganar tiempo y de paso alabar el ego de Trump, para que este siga desgastando a sus socios y atacando verbalmente con sus periódicas invectivas contra la OTAN, la UE y Ucrania.

En estos momentos sólo le quedan dos opciones a Rusia, la huida hacia adelante, seguir con la guerra en Ucrania y acosando directamente o mediante una guerra híbrida, con mayor o menor intensidad, a los países bálticos, Finlandia, Polonia, Alemania, etc., o que el propio régimen profundo, los oligarcas rusos, decidan que ha llegado la hora de sustituir a su máximo dirigente, hacer borrón y cuenta nueva e iniciar una inédita etapa de relaciones con occidente.

César J. Pollo - 2026 © 

 

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