LYNN MARGULIS, REBELDE CON CAUSA

En 1966, una bióloga de veintiocho años llamada Lynn Margulis escribió un artículo que contradecía uno de los supuestos fundamentales de la denominada síntesis evolutiva moderna, la integración de la teoría de la evolución de las especies por la selección natural de Charles Darwin con la teoría genética de Gregor Mendel como base de la herencia genética.

Ella no era profesora titular. No trabajaba en una prestigiosa institución de investigación. Era una joven madre de dos hijos, recientemente divorciada, que completaba su doctorado mientras criaba a sus hijos ella sola. El establishment científico no reconocía categoría especial alguna para ella ni tenía ningún interés particular en lo que proponía.

Pero ella lo propuso de todos modos.

Su idea era la siguiente: la historia de la evolución contada a través de la competencia y la conquista estaba incompleta. En algún lugar de la historia profunda de la vida en la Tierra (hace miles de millones de años, mucho antes de que apareciera algo con columna vertebral) había sucedido un acontecimiento que no fue una batalla sino una fusión. Dos organismos separados, cada uno incapaz de sobrevivir por sí solo, se habían unido y se habían convertido en algo nuevo que ninguno de los dos podría haber sido de forma independiente.

Las mitocondrias en cada una de tus células (las estructuras que convierten los alimentos en energía, el motor que impulsa los pensamientos que tienes en este momento) alguna vez fueron bacterias de vida libre.

No evolucionaron gradualmente dentro de las células. Se mudaron a ellas, directamente. Formaron una asociación tan profunda y tan permanente que durante miles de millones de años se volvieron indistinguibles de la propia célula.

La aparición en animales, plantas y hongos de las células eucariotas (células con un núcleo definido que contiene el ácido desoxirribonucleico -ADN- que constituye el material genético) es consecuencia de la incorporación simbiótica de diversas células procariotas (un organismo unicelular cuyo material genético se encuentra disperso en el citoplasma) como las bacterias y las arqueas.

 


Lynn la llamó teoría endosimbiótica y al proceso, simbiogénesis, propuso que la mayoría de las novedades y la diversidad biológica (cambios y aparición de nuevas especies) provienen de procesos de simbiogénesis, siendo irrelevante la evolución a consecuencia de acumulaciones de mutaciones aleatorias.

Lo que realmente estaba diciendo era que la cooperación, no sólo la competencia, era uno de los motores de la evolución, que los mayores avances de la vida a veces no se debían a que un organismo derrotara a otro, sino a que dos organismos se convirtieran en uno.

Quince revistas científicas rechazaron el artículo antes de su publicación en 1967.

Quince.

Para entender contra qué estaba enfrentándose, es necesario comprender la cultura científica de la década de 1960. 

El neodarwinismo –la síntesis de la evolución de Darwin con la genética mendeliana– era el marco científico reinante, y se defendía con la particular intensidad de un campo de batalla que recientemente había logrado un consenso ganado con mucho esfuerzo.

La idea de que una bacteria simplemente se hubiera movido dentro de otra célula y permaneciera allí, permanentemente, se consideraba no sólo errónea sino algo absurda.

La síntesis evolutiva moderna proponía que la evolución se produjo mediante mutaciones aleatorias y selección natural, lentamente, a lo largo de generaciones. No a través de fusiones dramáticas. No a través de la cooperación. 

Esta era la teoría dominante.

Los revisores que rechazaron su artículo utilizaron palabras como especulativo e insuficientemente riguroso. Uno describió la idea como algo interesante de pensar pero imposible de probar.

Ella también fue descrita, más de una vez, como una mujer rebelde.

Era la palabra específica que perseguía a las mujeres que desafiaban el consenso científico, no estaban equivocadas, sino que eran rebeldes, como si el problema fuera su manera más que su método.

Lynn había sido una mujer excepcional desde muy joven en algunos aspectos que incomodaban profundamente a la gente que la rodeaba.

 

 

 

Nacida en Chicago como Lynn Petra Alexander el 5 de marzo de 1938, ingresó en la Universidad de esta ciudad a los dieciséis años, intelectualmente inquieta, leía trabajos de un nivel superior a su curso atraída por las dudas y preguntas originadas en los límites de lo que la ciencia había resuelto. Desde un principio se sintió atraída por las bacterias. La ciencia las consideraba entonces como organismos peligrosos y patógenos, pero para Lynn eran mucho más que eso, pensaba que nuestras propias células podrían provenir de ellas.

A los diecinueve años se casó con un joven astrónomo llamado Carl Sagan, que años después se convertiría en uno de los científicos y divulgadores de ciencia más famosos del siglo XX. Más tarde diría, sin especial amargura, que durante su matrimonio ella fue considerada principalmente la esposa de alguien y no alguien por derecho propio.

Se divorciaron en 1964. Ella crió a sus hijos, incluido Dorion Sagan, quien se convertiría en su colaborador durante toda la vida, mientras completaba su doctorado en genética en la Universidad de California en Berkeley.

Allí consiguió el título de Doctora en Genética realizando el trabajo que cambió todo lo que creíamos saber sobre la vida misma, mientras gestionaba toda la arquitectura doméstica de una vida que, en ese momento, le ofrecía muy poco apoyo estructural.

En la década de 1970, cuando la biología molecular se puso al día con su teoría (cuando la tecnología de secuenciación del ADN se volvió lo suficientemente sofisticada como para probar realmente lo que ella había propuesto), los resultados fueron inequívocos. 

Las mitocondrias contenían su propio ADN. Y ese ADN era bacteriano. La evidencia no era sugestiva. Era definitiva.

Las quince revistas que habían rechazado su artículo ahora buscaban pruebas.

El establishment científico hizo lo que suele hacer finalmente cuando la realidad les obliga, incorporó su teoría, la celebró como piedra angular de la biología evolutiva moderna y le atribuyó su importancia en términos que iban desde amables hasta ligeramente a regañadientes, dependiendo de quién otorgaba el crédito.

E.O. Wilson, el legendario sociobiólogo, la llamó la pensadora sintética de mayor éxito en la biología moderna. Richard Dawkins, que no estaba de acuerdo con ella en muchas otras cuestiones científicas, elogió su valentía al aferrarse a la teoría endosimbiótica durante años de resistencia hasta que la evidencia hizo imposible la negación.

La revista Science, la revista científica más prestigiosa de Estados Unidos, llamó a la rebelde madre tierra de su ciencia.

Fue elegida miembro de la Academia Nacional de Ciencias en 1983. Recibió la Medalla Nacional de Ciencias en 1999 de manos del presidente Clinton, el honor científico más alto que otorga el gobierno de los Estados Unidos.

Colaboró con el científico británico James Lovelock en la hipótesis de Gaia, la provocativa y aún debatida teoría de que la Tierra misma, su atmósfera, sus océanos y sus sistemas vivos, funciona como un único organismo autorregulado que mantiene las condiciones necesarias para la vida. 

Fue otra teoría que la corriente científica principal recibió con sorpresa, y otra idea que ha demostrado ser más duradera de lo que esperaban sus críticos.

Escribió libros con su hijo Dorion que traducían los conceptos científicos complejos para los lectores en general, en la creencia de que la ciencia pertenece a todos y que la historia de la vida era demasiado extraordinaria para encerrarse en revistas académicas. Cofundó un sello editorial. Enseñó en la Universidad de Amherst en Massachusetts durante décadas y formó a una generación de científicos que llevaron su marco teórico a campos que nunca llegó a ver.

Murió el 22 de noviembre de 2011 a causa de un derrame cerebral. Tenía setenta y tres años

Lo que dejó detrás fue un mapa rediseñado de la vida misma.

Cada célula compleja de la Tierra (cada célula de nuestro cuerpo, cada célula de cada planta, cada célula de cada animal que haya existido alguna vez) es una colaboración. Contiene en su interior a los descendientes de bacterias que eligieron, hace miles de millones de años, dejar de competir y empezar a cooperar. 

El límite entre uno mismo y el otro no estaba donde pensábamos. Nunca lo estuvo.

Lynn Margulis vio eso cuando casi nadie más lo vio o lo quería ver.

Quince revistas dijeron que no.

El universo llevaba dos mil millones de años diciendo que sí.


César J. Pollo - 2026 © 

 

Otras entradas en este blog relacionadas con el tema:

ELIMINAR CROMOSOMAS NO ES MILAGRO, ES BIOLOGÍA

EL GRAN MANIPULADOR INMUNOLÓGICO - EL VIRUS EBV

INMUNOTERAPIA: EL LARGO RECHAZO (1950-1990)

MEDICAMENTOS DE ARNm: UNA IDEA FRAGIL (1990-2020)

 

 

 

Comentarios

Entradas populares