INMUNOTERAPIA: EL LARGO RECHAZO (1950-1990)
El sistema inmunológico está diseñado para atacar cuerpos externos, pero, lo que es más importante, para no atacar al propio cuerpo. Cuando lo hace, lo que se obtiene es una enfermedad autoinmune: esclerosis múltiple, diabetes o artritis, por ejemplo.
Las células cancerosas, a diferencia de los virus o las bacterias, surgen de las células propias del cuerpo, y comparten casi todas sus proteínas. “Los tumores son ‘propios’, sólo que distorsionados”, como lo expresó un investigador en el New England Journal of Medicine (1976). Así, la medicina pensaba que era imposible que el sistema inmunitario atacara a los tumores.
Pero en las décadas de 1950 y 1960, investigadores como Lewis Thomas y Sir Frank Macfarlane Burnet propusieron una idea audaz: tal vez el sistema inmunológico también patrulla el cuerpo en busca de cáncer; lo llamaron ‘inmunovigilancia tumoral’. La idea era que las células inmunitarias, en particular los linfocitos T, podían reconocer y eliminar los tumores emergentes antes de que pudieran convertirse en neoplasias malignas.
Los inmunólogos ignoraron en gran medida la idea, y los oncólogos se centraron en la quimioterapia, la cirugía y, más tarde, la radiación. Cuando las primeras versiones de las vacunas contra el cáncer y los refuerzos inmunitarios fallaron, en las décadas de 1970 y 1980, la teoría de la inmunidad contra el cáncer se hundió aún más en el rechazo.
En 1980, la guía oficial de la Sociedad Americana del Cáncer describía la inmunoterapia como “prometedora en teoría, pero no clínicamente justificada“.
El inmunólogo Lloyd Old, un defensor acérrimo de esta teoría, escribió: “La palabra ‘inmunoterapia’ se volvió casi radiactiva. Era difícil conseguir subvenciones, más difícil aún publicar los artículos y, sobre todo, ser tomado en serio”.
Pero en la década de 1990 y principios de la década de 2000, varios estudios comenzaron a demostrar que las células T atacaban, de hecho, el cáncer , y que los tumores desarrollan mecanismos específicos para evadir la detección, en un ciclo interminable de caza y evasión.
El siguiente gran descubrimiento fueron los inhibidores de puntos de control: anticuerpos diseñados para “revelar” tumores y desencadenar la respuesta inmunitaria (en particular, PD-1 y CTLA-4).
En 2011 se aprobó el ipilimumab, un anticuerpo anti-CTLA-4 contra el melanoma, y el campo de la inmunoterapia contra el cáncer, que antes se consideraba casi pseudocientífico, explotó: más de 20 nuevos tratamientos, un mercado proyectado de más de 1 billón de dólares, millones de pacientes tratados y decenas de miles de pacientes completamente curados.
En 2018, James P. Allison y Tasuku Honjo fueron galardonados con el Premio Nobel por su descubrimiento de la regulación de los puntos de control inmunitario, reivindicando la teoría de la inmunidad contra el cáncer tras 60 años de rechazo.
Este caso (¡y muchos más!) ponen de relieve una paradoja central en el progreso de la medicina y de otras ciencias: las ideas transformadoras a menudo emergen desde el rechazo. La resistencia no solo es inevitable, sino que puede ser una señal de que un descubrimiento es fundamentalmente disruptivo.
Para los científicos, inversores y responsables políticos por igual, estas historias también ofrecen una lección menos divertida: el escepticismo es razonable, pero la estupidez y la parálisis intelectual no lo son.
Y, sin embargo, siempre han estado ahí, acechando en las sombras, dominando las reuniones de juntas directivas y de subcomités institucionales. Y allí se quedarán para siempre, sobre todo si la gente buena no hace nada para detener a los idiotas egoístas y miopes.
Y, por desgracia, hay mucha gente así en los círculos del poder – sobre todo últimamente. ¿Os habéis fijado?
César J. Pollo - 2025 ©

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