AL-ÁNDALUS: LO QUE DICEN LAS EVIDENCIAS Y LA POLÍTICA DE BANDOS IGNORA

En abril de 711 una expedición liderada por el general Táriq ibn Ziyad, bajo las órdenes del poderoso Califato Omeya de Damasco, cruza el estrecho de Gibraltar, en julio de ese mismo año las fuerzas musulmanas derrotan al último rey visigodo, don Rodrigo, en la célebre batalla de Guadalete. Aprovechando una profunda crisis interna y las disputas sucesorias del reino visigodo, los musulmanes controlan la mayor parte del territorio peninsular en menos de una década. Este proceso dio origen a una nueva etapa política y cultural en la península conocida como al-Ándalus, cuya presencia se extendió durante casi ocho siglos hasta la caída del Reino de Granada en 1492.

Tras la conquista musulmana de la península ibérica, al-Ándalus se integró inicialmente en la provincia norteafricana del Califato Omeya, pero en 750 un acontecimiento a 6.000 km de distancia de la península marca su destino. Abu al-Saffah perteneciente a una influyente familia rival masacra a los Omeya, califas de Damasco e instaura la dinastía abasí, trasladando la capital a Madínat as-Salam (Bagdad).

El príncipe omeya Abd al-Rahman, nieto del décimo califa y único superviviente de la matanza, huye durante cinco años en dirección oeste recorriendo el norte de África, refugiándose en último término en Iberia e instaurando el Emirato de Córdoba en el año 756, que en 929 se convierte en el Califato de Córdoba, independiente y en oposición tanto del califato abasí (en Bagdad) como del fatimí o Califato de Egipto, en el norte de África, que traza su ascendencia hasta Fátima —la hija del profeta— y su esposo Ali, el primer imán chiita.

 

 

 El reino Visigodo de Toledo y sus provincias hacia el año 711 a la llegada de los musulmanes a la Península Ibérica. Autor: Daniel López.

  

Hecha esta breve introducción histórica, en la actualidad existen dos versiones en el debate académico, y frecuentemente público, sobre el legado andalusí en España y lo bueno es que ninguna se sostiene con el registro material existente.

La primera versión, la de la convivencia pacífica entre iguales, convierte al-Ándalus en un paraíso de tolerancia destruido por unos bárbaros e incultos cristianos. La segunda, la de una ruptura total con todo lo anterior existente en la península, lo reduce a una ocupación extranjera. Sin embargo, estas dos visiones extremas están cada vez más alejadas de las evidencias arqueológicas, genéticas y de lo que las diferentes fuentes dicen.

Un dato que rara vez aparece en la divulgación sobre al-Ándalus es que, por ejemplo, Madinat al-Zahra, la ciudad palatina amurallada y con una extensión de 112 hectáreas, la capital del Califato Omeya de occidente que mandó edificar en el siglo X el primer califa de Córdoba, Abderramán III, a las afueras de esta ciudad en dirección noroeste y a los pies de Sierra Morena, no fue destruida por los reinos cristianos. En realidad fue asaltada, arrasada y saqueada por las tropas bereberes del antiguo ejercito de Almanzor en la quinta fitna o fitna de al-Ándalus, la guerra civil que transcurrió durante un amplio periodo (entre 1009 y 1031) y que supuso el colapso del Califato de Córdoba y el fin de la hegemonía del estado andalusí en la península ibérica, que se fue decantando a partir de entonces hacia los reinos cristianos del norte.

A lo largo de este duradero conflicto, los diversos contendientes llamaron en su ayuda tanto a los reinos cristianos del norte peninsular como a tropas bereberes del norte de África. Córdoba y sus arrabales fueron saqueados en repetidas ocasiones, y sus principales monumentos, entre ellos el Alcázar y la cercana Madinat al-Zahra, destruidos. La capital llegó a trasladarse temporalmente a Málaga. En poco más de veinte años se sucedieron 10 califas distintos, tres de ellos pertenecientes a una dinastía distinta de la Omeya.

Cuando Fernando III, el Santo, tras un asedio de cinco meses tomó Córdoba en 1236, el mayor complejo palatino del siglo X europeo llevaba más de dos siglos en ruinas. La Qurtuba omeya, una de las ciudades más grandes del mundo en el siglo X, culta, refinada y cosmopolita, el centro del poder político, religioso y cultural del califato, había desaparecido como tal décadas antes.

Por otra parte, en esta misma ciudad, las columnas de su afamada Mezquita-Catedral son otro caso incómodo para ambos relatos. La mayor parte del material utilizado para su construcción fue expoliado, reutilizaron columnas y otros elementos de origen romano y visigodo. Eso demuestra la capacidad constructiva andalusí pero, al mismo tiempo, la continuidad material entre la Hispania tardorromana y al-Ándalus, de forma tal que cuando se acabó el material de acarreo se empezaron a producir capiteles imitando los clásicos.

La reutilización de cientos de columnas y capiteles en las arcadas de la mezquita adquiere un claro significado, no solo de abaratar costes, responde al deseo de asumir el pasado peninsular. La mayoría de los especialistas mantienen que donde se encuentra ahora la mezquita existía una basílica cristiana.

La ruptura total del 711 que uno de los bandos defiende no se refleja en los materiales encontrados, por su parte, la supuesta convivencia pacífica tampoco resiste las fuentes jurídicas.

Los dhimmíes, es decir, los hombres adultos y libres no musulmanes que no estuvieran enfermos, ni fueran mayores ni monjes debían de pagar la yizia, un impuesto per cápita obligatorio. Desde el punto de vista de los gobernantes musulmanes, la yizia era una prueba material de la aceptación de los no musulmanes a la sujeción/sumisión al Estado musulmán y a sus leyes; a cambio, a estos sujetos no musulmanes se les permitía practicar su fe, disfrutar de una controlada autonomía comunal, teniendo derecho a la protección que ejercía el Estado frente a una agresión exterior, así como para la exención del servicio militar y del zakat, el impuesto que grava a los ciudadanos musulmanes.

Además, los dhimmíes tenían prohibido construir nuevos templos y en determinados periodos debían llevar signos distintivos. No olvidemos que Almanzor, con su agresiva política contra los reinos cristianos, alentada por las élites árabes de la corte, que veían peligrar su capacidad de  influencia, y por los mercenarios bereberes, atacó en repetidas ocasiones numerosas localidades del norte peninsular y destruyó Santiago de Compostela en 997. En pocos años todo cambio, convirtiéndose en la antítesis del califa Al-Hakam II (961-976), un hombre culto, amante de artes y ciencias que mantenía estrechos vínculos diplomáticos con todos los reinos, imperios y caudillos europeos y norteafricanos.

Por su parte, años después, la dinastía bereber de los almohades, con su visión más rigorista del islam, que dominaron el norte de África y el sur de la península ibérica desde 1145 a 1269, trataron de unificar las taifas posteriores al califato, más de 30 territorios independientes. Este linaje norteafricano utilizó como elemento de propaganda la resistencia frente a los cristianos y la defensa de la pureza islámica, ofreciendo a las comunidades cristianas hispanas conversión (con las ventajas administrativas y políticas que concedía el islam) o el exilio.

 

 

 Campañas de Almanzor y principales lugares atacados (977-997)

 

Por tanto, la tolerancia andalusí fue, en el mejor de los casos, una tolerancia con muchas condiciones, existías mientras pagaras y aceptaras un estatus jurídico inferior.

Pero, probablemente, donde la evidencia resulta más incómoda es en la continuidad poblacional. Los repertorios cerámicos y otros elementos materiales muestran la pervivencia de las formas hispanorromanas hasta bien entrado el siglo VIII.

La población no se sustituyó, como también lo demuestra la genética, se islamizó gradualmente durante generaciones, los musulmanes lograron irradiar su cultura y sus formas de gobierno a las poblaciones invadidas, pero no su genética. La dinastía omeya de al-Ándalus no pretendía romper con todo lo anterior, sino continuarlo. Se preocuparon en establecer buenas relaciones con las élites visigodas y de mostrarse como los sucesores de los emperadores hispanos.

 

 

Haplogrupos paternos de Europa y el norte de África, la población española destaca por ser una de las más homogéneas, con un porcentaje muy bajo de los haplogrupos dominantes en el norte del continente africano (E3b principalmente, de color naranja) y alto de los haplogrupos europeos (R1a, principalmente, de color rojo) 

 

Incluso algunos historiadores han planteado la hipótesis de que, si bien las crónicas musulmanas señalan que la mezquita se levantó sobre los restos de un complejo cristiano anterior, este relato pudo tratarse de un mito fundacional con el que los omeyas andalusíes pretendieron equiparar su mezquita con la gran mezquita de Damasco, construida, según la tradición, sobre la iglesia que presumía albergar la cabeza de San Juan, el bautista. 

Los omeyas hispanos tenían la necesidad de mostrar, por un lado, lo que los unía a la ciudad que era la capital del mundo musulmán en esa época, y de la que procedía su dinastía, pero por otro, la de vincularse con la cultura existente en los nuevos territorios conquistados. Tenían necesidad de legitimación, el autoproclamado emir tenía la necesidad de que le dejaran de llamar al-Dahil (el inmigrado), como era conocido entre el pueblo.

La ruptura con la religión dominante hasta entonces, que ahora nos puede parecer muy radical, en aquella época se asumió con normalidad. No olvidemos que la península ibérica había adoptado, en tres siglos, el cristianismo (Teodosio, en el siglo IV), el arrianismo (con los visigodos, en el siglo V) y el catolicismo (Recaredo, en el siglo VI). Un credo nuevo con elementos comunes al cristianismo, no supuso un cambio significativo entre la población.

Las distintas evidencias y fuentes demuestran que el supuesto paraíso musulmán de al-Ándalus no existió para una amplia mayoría de la población sometida, pero con su llegada a la península tampoco se produjo una ruptura total con todo lo anterior, ni política, ni religiosa, ni culturalmente, más bien al contrario, hubo un claro propósito de continuidad con la sociedad existente en un intento de mantener una supuesta la legitimidad histórica.

 

César J. Pollo - 2026 © 

 

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