LOS TRATADOS DE TORDESILLAS

En 1494 España y Portugal firmaron un tratado fundamental para la expansión oceánica europea.

El acuerdo de la Línea de Demarcación levantó mucha polémica en su época y sigue suscitando cierta controversia en la actualidad.

¿Por qué permitió Castilla que la línea se desplazara hacia al oeste?

¿Sabían algo los portugueses que los españoles desconocían?

¿Cómo reaccionaron los demás reyes de Europa?

A partir de Tordesillas, Castilla y Aragón junto con Portugal se consideraron en posesión de todas las tierras y zonas de navegación (mare clausum) incluidas en su área de demarcación, lo que indigno a los demás reyes de Europa.

Mare Clausum (en latín "mar cerrado") es una expresión usada en el derecho internacional para mencionar un mar, océano u otro cuerpo de agua navegable que está bajo la jurisdicción de un Estado y que está cerrado a otros estados.

Portugal y España defendieron una política de mare clausum durante la era de los descubrimientos. El control de los barcos de otras naciones por parte de los portugueses fue iniciado por el príncipe Enrique el navegante en 1443, después de que el Príncipe Pedro le concediera el monopolio de la navegación, la guerra y el comercio en las tierras situadas al sur del Cabo Bojador. Más tarde esta ley fue reforzada por varias bulas papales y más adelante por el Tratado de Tordesillas. Como es lógico esta práctica fue desafiada por otras naciones europeas.




Se cuenta que unas décadas después, el embajador español en Francia protestó ante el rey francés porque había enviado unos barcos a explorar Terranova, a lo que el rey francés contestó que le enseñara el testamento de Adán por el que el padre de todos los hombres había concedido aquellas tierras a España.

Chascarrillos cortesanos a un lado, lo cierto es que cuando Colón regreso de su primer viaje a América, recaló en Portugal y se entrevisto con el rey Juan II, quien de inmediato envió un embajador a la corte de los Reyes Católicos para exigir que cesaran las exploraciones castellanas.

Según el monarca luso, todo el Atlántico al sur de Canarias pertenecía a Portugal por el Tratado de Alcáçobas (4 de septiembre de 1479). Este documento, además de servir para poner fin a la guerra de Sucesión Castellana, contenía otras cláusulas relativas a la política de proyección exterior de ambos reinos. En el reparto fijado, la Corona de Castilla recibió las islas Canarias mientras que el Reino de Portugal obtuvo el reconocimiento de su dominio sobre las islas de Madeira, Azores y Cabo Verde, así como sobre Guinea y en general sobre la costa africana.

En consecuencia, los descubrimientos de Colón, fueron el inicio de una dura batalla cortesana.

En respuesta a Portugal los Reyes Católicos pusieron en marcha su eficaz maquinaria diplomática y consiguieron que en 1493 el Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia) concediese a Castilla todas las "nuevas islas y tierra firmes, descubiertas y por descubrir", esto produjo una profunda indignación en Portugal que no reconoció los edictos papales, las Bulas Inter Caetera, Eximiae devotionis y Dudum siquidem, donde se establecía que pertenecerían a la corona de Castilla las tierras y mares al oeste del meridiano situado a 100 leguas al oeste de las Azores y Cabo Verde, y se decretaba la excomunión para todos aquellos que cruzasen dicho meridiano sin autorización de los reyes de Castilla.

Aunque no es muy conocido, en realidad en Tordesillas se firmaron dos tratados, el Tratado Oceánico y el Tratado Africano. El primero es el que conoce todo el mundo, en él los Reyes Católicos aceptan desplazar la línea de demarcación más de 1.000 km hacia el oeste (siendo esta la que, teniendo sus extremos en ambos polos geográficos, pasase a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde).

Esta circunstancia siempre se ha considerado un gran triunfo de Portugal, porque en el futuro les permitiría hacerse con Brasil. Los rumores, entonces y ahora, sin ninguna prueba, decían que los portugueses conocían que a esa distancia ya había tierra firme.

El mismo día y en el mismo lugar, España y Portugal dividían sus áreas de influencia en el norte de África (los límites del Reino de Fez) y las áreas de navegación y pesquerías (veda de 3 años a los españoles durante la cual no podían pescar) por la costa atlántica africana, entre el cabo Bojador y el Río de Oro y más al sur. 

En la práctica, el acuerdo garantizaba la no interferencia mutua, la de España en la portuguesa ruta hacia el cabo de Buena Esperanza y la de Portugal en las recién descubiertas Antillas.

En aquel momento eso era mucho más importante para sus católicas majestades que el desplazamiento de una línea en un océano del que prácticamente nada conocían. Lo conseguido en África compensaba con mucho lo cedido en el mar.

Pero las discrepancias entre ambos reinos continuaron, el tratado solo especificaba la línea de demarcación como una línea a 370 leguas al poniente de las islas de Cabo Verde. No especificaba grados de meridiano, ni cuántas leguas entraban en un grado, ni identificaba la isla desde la que debían contarse esas leguas. El tratado declaraba que esas materias serían establecidas por una expedición conjunta que nunca se llevó a cabo.

Expirado el plazo acordado de diez meses sin que se reunieran los expertos de ambas partes, el 15 de abril de 1495 se acordó que la reunión se efectuara en julio de 1495 en algún punto fronterizo, pero tampoco se llevó a efecto. La demarcación del límite nunca se realizó y cada parte interpretó el tratado a su conveniencia.

Los cartógrafos de cada reino propusieron líneas y mediciones diferentes, cada uno de ellos, lógicamente, "barriendo para casa" y ampliando su zona de influencia.



Los navegantes de la época no se ponían de acuerdo respecto de cuántas leguas había en un grado de meridiano; entre los españoles se encontraban opiniones entre: 14 y 1/6, 15, 16 y 2/3, 17 y 1/2 y 21 y 3/8 leguas por grado. Lo mismo ocurría entre los portugueses, entre los cuales había opiniones de 18, 20 o 25 leguas por grado. 

Entonces no se conocía exactamente el tamaño de la esfera terrestre y, por lo tanto, la distancia entre cada meridiano variaba de acuerdo a la longitud que se le atribuía a la esfera, lo que hacía que, aunque se estuviera de acuerdo en cuántas leguas había en un grado de longitud, su distancia en kilómetros variaba de acuerdo al tamaño atribuido a la Tierra y a la latitud a la que se midieran. 

En esa época era posible determinar la latitud mediante la observación de la estrella polar con un cuadrante o un astrolabio, pero para la determinación de la longitud, la única manera de poder fijar distancias en el mar, y la única forma muy imprecisa de determinarla, era por medio del tiempo empleado en recorrer una distancia determinada. Esto requería velocidades constantes y además no había relojes precisos.

Aunque los portugueses sabían navegar determinando la latitud, Colón y los demás navegantes españoles navegaban utilizando la brújula. Entonces se creía que, si se navegaba sobre la superficie terrestre manteniendo una dirección fija con la brújula, la trayectoria recorrida era un círculo máximo, y un navío que siguiese un rumbo fijo, llegaría a dar la vuelta al mundo volviendo al punto de partida. 

Sin embargo Pedro Nunes señaló la inexactitud de esa creencia al descubrir las líneas loxodrómicas (la curva que genera sobre la superficie de la Tierra un mismo ángulo al hacer intersectar todos los meridianos, sirviendo de este modo para mantener un rumbo constante al navegar). Por tanto, al seguir un rumbo fijo, no se puede regresar al punto de partida y la trayectoria se acerca asintóticamente a uno de los polos. 

Los mapas de la época muestran las distorsiones provocadas por este error trazando una raya que solo pasaba por los polos en el meridiano de origen, por ejemplo, en el Planisferio de Cantino de 1502, la más antigua representación portuguesa conocida en la que aparece la línea de Tordesillas.



El Planisferio Cantino, 1502,  el primer mapa en el que se ve representada la "Línea de Tordesillas"


De esta forma, la línea de demarcación estaba situada a mitad de camino entre el cabo San Roque, punto extremo nororiental de América del Sur, y el estuario del río Amazonas, aproximadamente a los 42°30' O y se distorsiona dejando en el hemisferio portugués toda Groenlandia, Terranova y parte del Labrador. Por el sur se interna más al occidente en Sudamérica, dejando el cabo de Santa Marta al oriente.

El error al dibujar los mapas con base en los rumbos magnéticos, que es el conocimiento existente al firmar el tratado, era favorable a los portugueses, que ampliaban así sus territorios en Brasil, por lo que fue sostenido en sus mapas y reclamaciones.

Sin embargo, los españoles contraatacaron y a solicitud de los reyes, en 1495 el catalán Jaume Ferrer de Blanes establece la posición de la línea de demarcación del tratado desde los 18° (de 20 y 5/8 leguas por grado) al occidente de la más central de las islas de Cabo Verde, situada en la latitud 15° N (que se corresponde con la isla de Fogo). De acuerdo a este calculo, la línea del tratado quedaría establecida a los 42°25' O. 

Ferrer creía que el tamaño de la esfera terrestre era un 21,1 % más grande del que es en realidad. También estableció que la legua debía ser de 32 estadios (6,15264 km), por lo que la línea de Ferrer coincidía de esta manera con el meridiano 45°37' O.​



Diferentes líneas de demarcación propuestas para el Tratado de Tordesillas (1495–1545)

Con posterioridad se celebró el Tratado de Zaragoza, debido a que el Tratado de Tordesillas no señalaba una línea como círculo máximo meridiano, solo una recta desde el polo norte al polo sur. No se tuvo en cuenta entonces el concepto de las antípodas ni de hemisferio contrario, pero años después ambas partes intentaron usar el tratado para delimitar sus zonas de influencia en Asia. 

El Tratado de Zaragoza fue firmado el 22 de abril de 1529 entre España y Portugal, donde reinaban Carlos I y Juan III, respectivamente, y fijaba las esferas de influencia de Portugal y España a 297,5 leguas al este de las islas Molucas. Esta línea de demarcación se encontraba, por lo tanto, cerca del meridiano 135° E en el otro extremo del mundo.


César J. Pollo - 2026 © 


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