EL PRINCIPIO DEL FIN DEL IMPERIO ESPAÑOL
Para muchos el comienzo del fin del Imperio Español a principios del siglo XIX es la Batalla de Trafalgar (21 de octubre de 1805), pero si queremos entender adecuadamente la disolución del Imperio no es este enfrentamiento naval el que debemos considerar primordial, sino el año 1808.
Será la invasión napoleónica, que empieza ya en febrero por Cataluña, y la posterior guerra de la Independencia española (1808-1814) la que rompa la unidad de mando del Imperio y fuerce a la nación a gobernarse en guerra.
Ahí empieza el momento decisivo en la historia moderna de España y el principio del fin del Imperio Español. El conflicto se desarrolló en plena crisis del Antiguo Régimen y sobre un complejo trasfondo de profundos cambios sociales y políticos impulsados por el surgimiento de la identidad nacional española y la influencia, paradójicamente, de algunos de los ideales nacidos de la Ilustración y la Revolución francesa, difundidos por la élite de los afrancesados.
Un ciclo de guerras, que culminarían con la primera guerra carlista (1833-1840) y que estaría caracterizado por el choque entre revolución y contrarrevolución. Nuevamente, para movilizar a la población contra la invasión francesa se retomó el viejo discurso utilizado con éxito para luchar contra la República. “Religión, Patria y Rey”, volvería a ser la divisa.
Antes de 1808 España no era un cadáver decadente, cómo nos han querido hacer creer, al contrario, el comercio atlántico y oceánico era muy activo, los circuitos comerciales y administrativos funcionaban a pleno rendimiento, operaban los arsenales y los ingenieros navales, y el saber científico y técnico de nuestros marinos, principalmente, era puntero a nivel mundial y a lo largo de todos los territorios del imperio.
El error ha sido creernos la historia que han contado otros, sobredimensionar la importancia de la Batalla de Trafalgar. Que fue un enfrentamiento durísimo, sí, pero no un «apagón» naval ni comercial, ni mucho menos total, de una las principales potencias mundiales de la época.
Además, también los ingleses recibieron lo suyo y sufrieron muchas pérdidas, no sólo España. El saldo real no fue la «aniquilación total» y definitiva, como quiere hacernos creer la historiografía inglesa.
Hay algo clave a tener en cuenta, y es que la capacidad naval no sólo está en los buques. Es también la artillería, las dotaciones, la logística, las maderas, los arsenales, las finanzas, el mando político y la continuidad institucional. Y eso no lo rompe de raíz un único día de 1805.
La importancia que tiene Trafalgar es la misma que la derrota de la Gran Armada o Armada Invencible (1588), al final casi nula, pero eso sí, ampliada por la propaganda de los vencedores, no olvidemos que la historia la escriben siempre los vencedores.
Lo importante y a tener en cuenta es en que circunstancias se da esa derrota de Trafalgar, bajo mando francés y con la imposibilidad de España de recuperarse política ni económicamente por la invasión francesa. Trafalgar supuso un tropiezo, pero el país y el Imperio seguían fuertes y se habrían recuperado con la incipiente revolución industrial.
Perdimos solo 7 navíos de más de 70 que tenía la Armada. Pero 1808 y los años posteriores supusieron la aniquilación (favorecida no solo por nuestros enemigos, sino también por nuestros aliados) de prácticamente toda la industria nacional, la pérdida del Estado y de su estructura.
Lo realmente crucial para la disolución del Imperio será la invasión francesa de principios del siglo XIX y sus posteriores consecuencias.
1808 es la fecha decisiva. Las sucesivas renuncias al trono por parte de Fernando VII, que devolvió a su padre la corona obtenida previamente con el motín de Aranjuez, y de Carlos IV, que la víspera había cedido esos derechos al emperador francés Napoleón, quien a su vez, un mes más tarde designó como rey de España y de las Indias a su hermano, José I, estas abdicaciones de Bayona dejarán a España sin cabeza efectiva. Lo que supuso un vacío de soberanía, de poder, que será recuperada posteriormente a duras penas conformándose como la nación política española.
En este contexto revolucionario, surgieron entre mayo y junio de 1808, las Juntas de Gobierno en muchas capitales de provincia de España. El afrancesamiento del Consejo de Castilla, que aceptó en primer momento el mandato de Napoleón, provocó conflictos ideológicos con las juntas, cuyo poder aumentaba parejo al apoyo del pueblo, hasta que, finalmente, debió resignarse a que fueran estas, más numerosas, las que lograran la soberanía.
Estas Juntas actuarán, en la medida de sus posibilidades, como gobiernos de emergencia, reaccionando de forma muy semejante tanto en ultramar como en los reinos metropolitanos y, a través del derecho tradicional, revirtieron el gobierno del rey, la cesión de los derechos de la Corona a Napoleón, a los ciudadanos, a todos los españoles de un lado y otro de los océanos.
Nacen dispersas, cada una con sus ejércitos, sus depósitos y sus finanzas, pero con una idea común, sostener la resistencia frente al invasor, el francés y la continuidad política en nombre del rey, cuando el este está ausente o cautivo.
El rey (cautivo en Valençay tras las abdicaciones de Bayona) se convirtió en la pieza clave. Así lo consignó la Junta de Gobierno en la declaración de guerra: «No dejaremos las armas de la mano hasta que el Emperador Napoleón I restituya a nuestro Rey y Señor Fernando VII».
Esa dispersión tendrá fortalezas y debilidades. Fortalezas por lo que supone de iniciativa local, rapidez y patriotismo. Debilidad por la falta de coordinación, las rivalidades y los mandos múltiples. Por eso ya en 1808 se intentan unificar como Junta Central Suprema y Gubernativa del Reino y centralizar el mando, ejecutivo y legislativo durante la ocupación napoleónica de España.
La guerra obliga a tener y mantener un orden, una estructura, con ejércitos regulares donde se puede, milicias donde no y guerrillas donde conviene. Así, se producen victorias como Bailén, pero también derrotas como Ocaña. La guerra se vuelve total, pero los recursos son muy limitados y con el mando en plena reconstrucción.
En 1810 la Junta Central se disuelve y se forma la Regencia, y Cádiz se convierte en el taller político de una nación asediada, pero no rendida. Allí se convocan las Cortes, con representación de todos los territorios, también los de ultramar. La guerra, paradójicamente, obligará a rehacer el Estado por nuevas vías.
La Constitución de Cádiz registra esa transformación, la soberanía ya no será «propiedad» del Monarca, sino de la nación. Y se define la nación como «todos los españoles de ambos hemisferios», no solo los peninsulares.
No son palabras retóricas, sino el intento de mantener la unidad política del Imperio español.
Pero el problema está en el mecanismo a utilizar, ¿Cómo integrar territorios inmensos, lejanos, situados en varios continentes, con ritmos distintos, diferentes élites y comunicaciones lentas, en plena guerra? El intento es claramente integrador, pero su aplicación práctica abrirá disputas sobre la representación, las competencias y el mando.
En los territorios americanos, las Juntas surgidas desde 1808 no eran originalmente independentistas. Actuaban en nombre de Fernando VII y en defensa del Imperio. Pero la ausencia prolongada de un mando unificado y la guerra provocarán luchas internas entre las distintas regiones, entre las élites criollas coloniales que querían un trozo mayor de poder e, incluso, estuvieron dispuestas a negociar con nuestros "aliados" para conseguirlo, convirtiendo las Juntas de Gobierno en "revolucionarias" (1810-1830) antes de establecer las distintas repúblicas americanas.
Cuando Fernando VII regresa en 1814 la situación general no es de calma, y su actuación tampoco contribuye a ello, ya que anula la Constitución de Cádiz, persigue a los liberales y restaura el absolutismo; pero aún así tampoco conseguirá gobernar un Imperio en plena convulsión.
Entre 1814 y 1824 se acelerará el encadenamiento de la disolución, guerras civiles en América, ejércitos improvisados, falta de recursos, divisiones políticas en la Península y presión constante de Inglaterra, Francia o EE.UU., con un interés único, liquidar la unidad imperial española, quitarse del medio a la única potencia capaz de hacerles sombra.
Así se consumará el proceso. No por la tradicional «decadencia secular» de la que nos han querido convencer los historiadores anglosajones, ni por una derrota naval, sino por la invasión de 1808, el posterior intento de reorganización revolucionaria en plena guerra y la ulterior incapacidad política para cerrar esa transformación, ese fue realmente el inicio del fin del Imperio español.
El gran enemigo ha sido siempre nuestro vecino del norte y, con el paso del tiempo, después también el Imperio Británico y los EE.UU., que mucha ayuda hispana recibieron durante su independencia pero que nunca devolvieron, ni material ni políticamente.
También en esto nos hemos tragado lo que la historiografía anglosajona ha querido contar.
Nuestra historia nos la escribieron otros y, lo que es peor, nos la creímos.
Aunque los avances en este campo en los últimos tiempos ha sido inmensos, buena parte de nuestra historia está aún por hacer y reescribir.
César J. Pollo - 2026 ©
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