LA MEAJA SALAMANQUESA - LEGITIMIDAD RELIGIOSA Y PROPAGANDA POLÍTICA
La meaja es un tipo de moneda antigua que circuló en España durante algún tiempo, alrededor de los siglos XI-XIII, su equivalencia era la siguiente: cada maravedí (morabetino) valía seis dineros y cada dinero, equivalía a seis meajas. En algunas ordenanzas se la denomina tremises.
Algo habitual entre las monarquías medievales era la de proclamar monarca al heredero en vida de su antecesor. Se intentaba así evitar las disputas sucesorias una vez que le llegara la muerte al rey padre.
Desde al menos el año 1147, Alfonso VII de León (1105-1157), autoproclamado desde 1135 Emperador (Imperator totius Hispaniae), empezó a usar en sus monedas la figura del león. Este era un "emblema parlante", pues hacía referencia al nombre de su reino, pero además, daba un trasfondo religioso a su mandato, ya que en la Biblia se dice que Cristo es "el León de Judá".
En 1155, dos años antes de fallecer, el Emperador hizo lo propio y aprobó en Valladolid la división de sus dominios entre sus hijos, a quienes otorgó en vida la dignidad de reyes: León para Fernando y Castilla para Sancho. No habría un único león heredero universal, si no dos igualmente legítimos, resolviendo así cualquier duda futura al respecto de la polémica decisión de dividir sus dominios en dos reinos.
Desde el momento de su proclamación como reyes sus dos hijos se convertían automáticamente en monarcas vasallos y él afianzaba su posición como Emperador. Pero esta controvertida decisión obligó a una fuerte campaña publicitaria para dar legitimidad a sus dos herederos.
Por esta razón, en las monedas emitidas en esa época, empezó a figurar por un lado, el reverso, la cruz con la leyenda IMPERATOR y, por la otra, en el anverso, una iconografía muy antigua que ahora le venía muy bien al Emperador, dos leones enfrentados al pie de un árbol crucífero, es decir, rematado con una cruz griega.
Bajo el árbol de la vida, el árbol genealógico de Jesé, que acreditaba la ascendencia regia de Cristo, se representaba de esta forma a los dos herederos legítimos de Alfonso VII, tratando de buscar así un nuevo elemento con una importante carga religiosa (la genealogía de Cristo y la crucifixión), que consagrara a la monarquía.
Esta representación de una pareja de leones enfrentados a un árbol fue muy común durante el románico, se puede ver en tejidos, capiteles de edificios, sepulcros, etc. de la época. En aquel entonces, Castilla, como reino recién nacido, carecía de un emblema heráldico propio, por lo que en la mente del Emperador su imperio se estaba dividiendo entre dos cachorros de león, dos cachorros regios.
Pero aquellos dos leones, Sancho III de Castilla (1133-1158) y Fernando II de León (1137-1188), pronto empezaron con las desavenencias, que heredaron sus hijos y primos carnales, Alfonso VIII de Castilla (1155-1214) y Alfonso IX de León (1171-1230), que se peleaban "como dos ferocísimos leones" hasta que en 1197 se juntaron en Valladolid y el enfrentamiento paró, al menos, temporalmente.
Allí acordaron que Alfonso IX se casaría con Berenguela de Castilla en diciembre de ese mismo año. Con este enlace se buscaba un heredero común que trajera la paz a los dos reinos. Poco después, hacia 1200, Alfonso IX volvió a emitir monedas con el árbol crucífero y los dos leones. La sangre de los dos primos volvía a unirse, la paz había llegado y los reyes se cobijaban de nuevo bajo el árbol de la cristiandad y decidían encarar su ardor guerrero hacia el sur, frente a los almohades musulmanes.
Tras una reunión entre las dos reinas consortes, Teresa de Portugal y Berenguela de Castilla, estas se dirigieron a Benavente, donde se encontraba el propio Fernando III (1199-1252) y los arzobispos de Santiago y Toledo, donde se firmó el 11 de diciembre de 1230 la Concordia de Benavente o Tratado de las Tercerías, en donde las infantas Dulce y Sancha renunciaban a sus posibles derechos al trono y traspasaban la corona de León a Fernando (rey de Castilla desde 1217 y de León a partir de 1230) que, por tanto, reinará en ambos reinos a cambio de una compensación económica a ambas. De ese modo se unieron dinásticamente ambos reinos —aunque siguieron conservando Cortes, leyes e instituciones diferentes— León y Castilla en la persona de Fernando III, llamado el Santo. En 1231 el documento fue confirmado por el pontífice Gregorio IX.
Posteriormente, reinaría su hijo, Alfonso X el Sabio (1221-1284). A su vez el hijo de este último, el infante Sancho, se enfrentará su padre al final de su reinado y conseguirá arrebatarle el poder en 1282 en un juicio/asamblea celebrado en Valladolid en el que sentenciara a su padre, el Sabio, al ostracismo.
Una de las decisiones más llamativas de esa reunión vallisoletana es la de regresar al sistema monetario de su bisabuelo Alfonso IX y de su abuelo Fernando III, ordenándose la emisión de monedas diferentes y separadas para los reinos de León y de Castilla, recuperándose la iconografía anterior. Los salamanqueses volverían a acuñarse.
La medida no tuvo mucho éxito, ya que la nostalgia no suele tener más importancia que el dinero, y los financieros burgaleses se opusieron a ella, por lo que sólo se llegó a emitir una pequeña moneda del tamaño de un céntimo de euro, pero más delgada: la meaja salamanquesa. Manteniendo la misma iconografía de los leones al pie del árbol crucífero en el anverso y, en el reverso, rodeando a la cruz, la leyenda MONETA LEGIONIS, es decir, la moneda de los leoneses.
En 1288, el ya rey Sancho IV (1258-1295) reconocería la validez para el curso legal de esta única moneda emitida en ejecución de aquella orden. Esta pequeña moneda es de gran importancia para Salamanca, ya que puede que sea la única moneda de la historia que llevó en su denominación el nombre de la ciudad.
Esas dos cabezas de leones recuerdan mucho a otras que todavía pueden verse en la actualidad en algunos escudos de edificios situados en la ciudad vieja de Salamanca, no debemos olvidar que durante el reinado de Fernando II (1157-1188) y en el de Alfonso IX (1171-1230), la principal fabrica de moneda de la corona leonesa estuvo en la ciudad de Salamanca y que las monedas emitidas en esta ceca se denominaban salamanqueses.
Los salamanqueses más relevantes fueron los morabetinos, acuñados en oro, y las monedas de vellón (una aleación de cobre y plata). En alguna de estas monedas, en la época de Fernando II de León, aparece un puente en el anverso, que se identifica con el puente romano de Salamanca, por lo que su origen salmantino parece no tener duda. Otra de ellas es un espectacular morabetino de Alfonso IX de León, que en el reverso presenta un león pasante sobre un puente.
En algunas ocasiones la emisión de determinadas monedas servían para financiar la construcción o reparación de edificios, principalmente religiosos, aunque no siempre, por tanto ¿los beneficios de la emisión de estas monedas estuvieron destinados a financiar alguna de las numerosas reparaciones y reconstrucciones que fue necesario hacer en el puente romano frente a las destructivas crecidas del río Tormes?. No lo sabemos.
Lo que si conocemos es que las monedas eran y son una forma de propaganda, pero también una forma de financiación para quien ostentaba el privilegio de su acuñación, que no era otro que el monarca.
El "truco" consistía en que al retirarse del mercado las monedas viejas o extranjeras para acuñar las nuevas, se declaraban ilegales las no convertidas, mientras que los propietarios de las monedas entregadas recibían una cantidad de monedas inferior a las proporcionadas o unas nuevas con una aleación de peor calidad, por lo que el rey siempre obtenía un beneficio, que en ocasiones era donado, generalmente a instituciones eclesiásticas.
César J. Pollo - 2026 ©
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